Asegúrate de que tu masa madre esté activa y burbujeante. Debes haberla alimentado unas horas antes de usarla, y debe estar en su punto máximo de actividad.
En un bol grande, mezcla la harina y la sal. Haz un hueco en el centro y añade la masa madre y el agua tibia. Mezcla hasta formar una masa pegajosa. Coloca la masa sobre una superficie ligeramente enharinada y amásala durante 10-15 minutos, hasta que esté suave y elástica. Si prefieres, puedes usar la técnica de amasado francés (amasar y dejar reposar en intervalos).
Primera fermentación (fermentación en bloque): Coloca la masa en un bol ligeramente engrasado, cúbrela con un paño húmedo o film transparente, y deja fermentar en un lugar cálido durante 3-4 horas, o hasta que haya crecido considerablemente.
Plegados durante la fermentación: Durante la fermentación, puedes hacer plegados (cada 30 minutos) para fortalecer la masa. Simplemente estira un borde de la masa y dóblalo hacia el centro, repite con los cuatro lados.
Segunda fermentación (fermentación en frío): Después de la primera fermentación, puedes dividir la masa en porciones si vas a hacer varias pizzas. Coloca las porciones en recipientes engrasados, cúbrelos, y refrigéralos entre 12 y 24 horas. Esto ayuda a desarrollar más sabor.
Saca la masa del refrigerador unas horas antes de hornear para que se temple. Estira la masa con las manos o con un rodillo, colócala en una bandeja o piedra para pizza, añade tus ingredientes favoritos y hornea en un horno precalentado a 250°C (480°F) durante 10-15 minutos, o hasta que esté dorada y crujiente.