Pon las almendras en un tazón y también una olla con agua para llevarla a ebullición.
Cuando el agua hierva viértela en el tazón en el que están las almendras. Si no tienes mucha seguridad sobre la frescura de las almendras, cuando pase un minuto toma una (con una cuchara perforada, por ejemplo) y enfríala bajo el chorro de agua fría e intenta pelarla, si se pela fácilmente, retira todas las almendras del agua rápidamente.
Enfríalas inmediatamente para que no se cuezan, puedes hacerlo escurriéndolas y vertiéndolas en un tazón con agua y cubitos de hielo o directamente con el colador bajo el chorro de agua fría, asegurándote bien de que se han enfriado.
Ahora puedes pelarlas ¡verás lo fácil que resulta! Normalmente es suficiente con ‘pellizcar’ la piel. Una vez que las almendras estén peladas tendrán humedad, por lo que si no se van a consumir enseguida, y quieres guardarlas enteras, crudas y peladas, debes dejarlas secar en un lugar cálido hasta el día siguiente, o puedes acelerar el proceso con el horno al mínimo, y controlando muy bien para que no se tuesten.